
En 1990 vi mucho cine. Caminaba horas por la ciudad, sin ruta ni destino. Luego llegaba a la UP, me sentaba en el TUAL o en las bancas de corredor y esperaba la primera tanda del Cine Universitario.
Al igual que los siguientes, ese fue un año confuso. Recién pasaba la invasión de los gringos y el "Día Latinoamericano" había arrancado su edición con un titular inexplicable para mí en ese momento:
Llegó el neoliberalismo. Era mi primer año en la universidad y no entendía ese entorno que solía enredar miedo y aventura: el desafío de cruzar los 17 años al mundo adulto de los 18. El cine, al igual que la poesía, tomó mi vida con su cincel de imaginación regalándome aliento. De allí las palabras dedicadas a ese tiempo hermoso y difícil:
Cine.
para el cine universitario
que me salvó de la catástrofeCuando era estudiante
y vivía en las afueras,
iba al cine de la universidad.
No importa qué proyectaran,
buscaba otra película de cine ruso o Fassbinder.
Monsieur Houlot me hizo reir un domingo.
Y no comprometía amantes en la sala oscura.
Éramos el filme y yo.
Con la carilla asombrada por la lengua inentendible
apenas cuestionaba un detalle técnico,
porque miraba cada imagen haciéndose nieve o Cuba;
era extraño conmoverme 20 años atrás
con la historia que saltaba en la pantalla como un tic nervioso,
como una silla giratoria ve pasar la escena de corrido,
entrando al continente de otros
detrás de la pecera o su mesita de noche.
Preguntaba ¿quién era este
que me ha tomado del brazo por la tarde?
Sin saberlo el cochecito del mimo, Gutiérrez Alea y Passolini
construían el largometraje de mi estación adolescente,
una niña sedienta por tertulia en la ciudad sitiada.
Tomé todas las manos que ofrecían mostrarme otra cosa,
un lugar que estaba en otra parte, como decía Kundera,
mochilera de asiento pagado a precio de estudiante
y el deseo de tener la boca abierta
por otro motivo que no fuera
el asco.